El
Parque Rural de Anaga
©
Diego
L. Sánchez/Enfoque
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En el extremo NE de
Tenerife se halla un macizo montañoso que sorprende por lo abrupto de
su relieve: Anaga, un conjunto de montañas cuyas cumbres se encuentran
inmersas en las nieblas procedentes del Atlántico durante la mayor
parte del año, dotándolo de un aspecto cuanto menos misterioso. Apenas
alcanza la cota de los mil metros de altitud pero en un espacio de, tan
solo, unos doscientos kilómetros cuadrados, alberga desniveles de hasta
setecientos metros.
Anaga está
catalogado, según la Ley de Espacio Naturales Protegidos de Canaria,
como Parque Rural, una zona en la que coexisten actividades agrícolas,
ganaderas o pesqueras, con otras de especial interés natural y ecológico.
En efecto, Anaga
destaca por poseer una flora casi infinita, llena de endemismos no solo
de Canarias o de Tenerife, sino también propios, como la rara violeta
de Anaga (Viola anagae). La variedad botánica tan sorprendente
del macizo de Anaga ha convertido el Parque en meta de numerosos botánicos
que vienen para admirar especies únicas en el mundo.
Sin embargo Anaga da también
cobijo a una fauna tan interesante como diversa, constituidas por pequeños
seres, como caracoles del género Hemicycla, hasta reptiles y
aves, muchos de los cuales se hacen partícipes del grado de endemismo
que se da en la isla también entre los vertebrados. Valgan de ejemplo
el lagarto tizón (Gallotia galloti) o la paloma turqué (Columba
bollii).
Por
otro lado, en el Parque es aún posible contemplar a los lugareños
llevar a cabo labores tanto agrícolas como ganaderas de forma
tradicional, labores que han marcado desde hace siglos el aspecto del
Parque. Sin duda es la conjunción de todo este entorno, humanizado y
agreste, con una naturaleza exclusiva, tan bella como frágil, lo que
convierte el macizo de Anaga en un lugar único. Ahora solo es cuestión
de voluntad y empeño por seguir preservando aquello que, durante miles
de años, ha resistido inalterable en el macizo de Anaga.
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