La
Sal de la Vida
©
Herminio
M. Muñiz/Enfoque
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Pocas veces habremos pensado, tras el gesto casi mecánico de aderezar
nuestras comidas con sal, en el complejo mundo que se mueve alrededor de
esos granos cristalizados de cloruro sódico. La sal marina, que habitualmente consumimos por ser la más
recomendable al contener también yodo, indispensable para
nuestra vida, es un elemento natural que se
recoge en determinados puntos de la costa tanto atlántica como mediterránea
después de un complicado proceso.
El primer paso consiste en embalsar agua marina aprovechando las mareas.
El agua pasa posteriormente a través de una intricada red de canales y
compuertas, hasta almacenarse en determinados sitios, donde su
concentración de sal aumenta progresivamente debido a la evaporación.
El punto final del proceso es conducir de nuevo el agua hacia grandes
superficies someras (cristalizadores) donde, en pleno verano y bajo el
fuerte calor, la evaporación se hace intensísima, llegando a secarse y
finalmente a cristalizar la sal. Los cristalizadores adquieren entonces
un aspecto níveo, debido a la gruesa y dura capa de sal. Es ahora
cuando ha llegado el momento de que entren las grandes máquinas para
apilar la sal en enormes montañas dispuestas a pasar al lavado,
trituración y empaquetamiento.
Al margen del proceso meramente comercial, se esconde otro, no menos
interesante, cual es el aprovechamiento que hace la fauna de estos
enclaves. Infinidad de aves escogen estos lugares para sobrevivir, ya
que en sus canales y esteros viven multitud de peces y demás organismos
acuáticos, sirviendo de comida a garzas, cormoranes, fochas y un amplio
etcéteras. Un lugar destacado merece una de las aves más bellas y
admiradas de la cuenca mediterránea como es el flamenco, típico
habitante de los medios hipersalinos.
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